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“¿Qué se hace con el Presidente que miente, que no cumple su palabra?”, preguntaba Gregorio Santos a la “masa”, como gustan los marxistas llamar a sus seguidores. “Sacarlo”, respondía ésta. Santos insta a derrocar a Ollanta Humala por la misma razón por la que Javier Diez Canseco renuncia a la bancada de Gana Perú: porque el presidente Ollanta Humala no cumple con su palabra, con sus promesas.
Lo que, por supuesto, no es verdad. Es una falsedad artera para justificar una insurrección o una traición. No recuerdo Presidente que se haya apegado tanto a sus promesas formalmente enunciadas, buenas o malas.
Para comenzar, Humala no ofreció desconocer los contratos y compromisos del Estado -como el proyecto Conga por ejemplo-, sino todo lo contrario. Aun antes de la primera vuelta, en el “Compromiso con el Pueblo Peruano” que publicó y leyó, anunció que respetará “nuestros compromisos internacionales” así como “el conjunto de contratos, obras en marcha y marcos legales y regulatorios” y “procederemos a concluirlos...”. No solo eso, en ese documento reconoce que es positivo el crecimiento basado en los altos precios de las materias primas, aunque es necesario consolidarlo con mejor educación y aprovecharlo para desarrollar el mercado interno, etc. Es decir, apuesta por la minería como palanca de desarrollo.
Luego, ya en la segunda vuelta, la llamada “Hoja de Ruta” convierte el cumplimiento de los compromisos del Estado en el tema más importante. Dice, a la letra: “la transformación que el país requiere se hará de manera gradual y persistente, en el marco del estado de Derecho..., honrando todos los compromisos del Estado...”. Y plantea el “aprovechamiento de nuestros recursos naturales” de manera “social y ambientalmente sostenible”.
En cuanto a las promesas sociales contenidas en la Hoja de Ruta, se puede criticar su carácter relativamente asistencialista, pero debe reconocerse que está cumpliendo con todas ellas: Pensión, 65, Cuna Más, duplicación de Juntos, Beca 18, SAMU, etc. También con la promesa populista de incrementar el salario mínimo a 750 soles, pese a sus efectos contraproducentes en el empleo formal y en la pequeña empresa.
Humala ha ido incluso más allá de la Hoja de Ruta en varios puntos. Para comenzar, esta no habla de “impuesto a las sobreganancias”, como señala JDC, sino de garantizar “el cobro de regalías buscando el mutuo acuerdo con las empresas mineras y asegurando el respeto a la seguridad jurídica”, y de una tributación minera “competitiva, sin desalentar la inversión”. Pese a ello, el gobierno aplicó unos mayores pagos por 3 mil millones de soles anuales.
La Hoja de Ruta plantea la renegociación del lote 88 y el gobierno ha cumplido esa promesa ideológica. Pero lo que no está en la Hoja de Ruta es convertir a PetroPerú en una mega empresa con participación en el gasoducto del sur, en la petroquímica y en la explotación petrolera. Ni repotenciar ElectroPerú. Es decir, retomar fuertemente el rol empresarial del Estado, contra la propia Constitución. El gobierno de Humala, pues, está a la izquierda de la Hoja de Ruta.
La izquierda marxista miente entonces. Necesita un pretexto para retomar su papel incendiario, el único que conoce. Hasta ahora no ha aprendido otro.
El gobierno de Humala ha ido aun más allá de la Hoja de Ruta creando el MIDIS y con profesionales de alto nivel en lugar de políticos. Le ha dado a lo social el alto tratamiento que los gobiernos le daban a lo económico
La Hoja de Ruta plantea “inversión en infraestructura mediante inversión pública y privada nacional y extranjera”, concesiones y asociaciones público-privadas. Esto, más bien, está paralizado.
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