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COMEN PERO NO DEJAN COMER
Viernes, 19 de Diciembre de 2014 00:00


La ley de empleo juvenil, tímido intento de flexibilizar los requisitos para que las empresas puedan contratar más jóvenes conservando sus derechos básicos y dándoles capacitación, ha tenido la mala fortuna de nacer en un tiempo preelectoral exacerbado por los ataques del propio presidente Humala a la oposición. Todos saben que la ley es buena, pero más conveniente –aunque no sea ético– es agitar el mito de los derechos laborales absolutos sin decir, por supuesto, que ese mito solo alcanza a una pequeña minoría empleada en las grandes empresas, porque las demás no los pueden solventar y por eso tenemos una de las tasas de informalidad y explotación laboral más altas del mundo, que es la más grande e injusta de las exclusiones sociales.

No interesa que el 80% de los peruanos sobreviva en la sobreexplotación sin derecho laboral alguno. Se trata de ganar la elección aun a costa de perpetuar el problema. Es el triunfo, una vez más, de la demagogia sobre la pedagogía, una vergüenza para un discípulo de Haya como Alan García que, cuando era presidente, calificaba de perros de hortelano y demagogos a quienes exigían dar de inmediato todos los “derechos” de la ley general de trabajo a los trabajadores informales de las microempresas en lugar de plantear un avance progresivo para que tengan en primer lugar los derechos fundamentales mínimos, seguro de salud, pensión y 8 horas (“El Síndrome del Perro del Hortelano”, El Comercio, 28-10-07).

Ya vemos entonces quién es el perro del hortelano, en magnífico auto retrato.

Para no hablar de Toledo, que olvidó o quizá nunca supo que fue él quien promulgó la ley Mypes. Hasta Juan Sheput se ha sumado a los críticos de la reciente ley luego de haber sostenido que el régimen laboral general fomenta la informalidad y los bajos salarios. Y del fujimorismo ni hablemos: todos votaron por la ley pero apenas olieron que oponerse a ella podía ser políticamente rentable, no tuvieron pudor alguno en cambiar de posición traicionando a las clases emergentes que ellos supuestamente representan.

Pero nadie ha quedado más en evidencia que PPK, que cuando leyó la ley le pareció tan buena que pidió que el límite de edad se suba hasta los 30 años, hasta que se enteró que otros candidatos estaban en contra…

Todo esto no es sino expresión de la orfandad y la debilidad mental de los partidos, que se lanzan a los brazos de la primera causa que les parezca popular aunque no sea responsable, sin capacidad alguna de orientar a la opinión pública.

Porque queda una pregunta: ¿cómo se explica la paradoja de que pueda aparecer como impopular una ley que benefician a la gran mayoría de jóvenes sin trabajo formal? Porque en lugar de explicar, se engaña: la gente no sabe que no hay trabajo formal por el costo de la formalidad, y que esta ley permitirá dar trabajo con capacitación y con derechos básicos a quienes hoy no tienen oportunidades. Esos políticos son peores que perros del hortelano, porque comen pero no dejan que otros coman.

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