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Los marxistas decían que en toda coyuntura decisiva siempre es necesario identificar quién es el enemigo principal a fin de orientar las decisiones estratégicas. En realidad, en una democracia no cabe hablar de enemigos, salvo que lo sean de la democracia misma. Y, al respecto, solo hay un plan de gobierno, de los que se han presentado, que contiene amenazas potenciales o implícitas a la democracia. Es el de Humala, cuando declara nula la Constitución de 1993 y propone la vía del Congreso o la de una Asamblea Constituyente, para elaborar una nueva.
El formato es conocido y la ruta específica podría ser la siguiente: subir la carga tributaria a la minería por encima del 70% –como se desprende de un impuesto a las sobreganancias de 45% propuesto en el plan– y con ese dinero aumentar sueldos y distribuir pensiones a todos –ya ofrecidas– para, con todo el apoyo popular, convocar a una Asamblea Constituyente. Ya lo hemos visto. Humala, sin embargo, afirma tener un compromiso con la democracia y con la no reelección. Y sin duda no le sería fácil hacerlo, porque el Perú acaba de pasar el umbral de ingreso per cápita sobre el cual los países, por lo general, ya no abandonan la democracia.
Pero sigue insistiendo en cambiar la Constitución y el modelo económico. Solo esto último sería muy grave. Echaría a perder la gran conquista histórica del Perú: el crecimiento acelerado y sostenido, que permite derrotar la pobreza y sostener la propia democracia.
Entonces hay que distinguir claramente cuál es el peligro principal para el futuro del país. A partir de allí es posible agregar algunas consideraciones. Por ejemplo, qué candidato tendría más posibilidades de alzarse con la victoria en la segunda vuelta, cálculo que no es sencillo considerando los pros y contras de cada uno: en un caso, el antivoto por una gestión autoritaria y corrupta versus el voto de los sectores populares que agradecieron su inclusión al Estado; en otro, el efecto de una eventual polarización étnico-clasista, diluida, sin embargo, por la simpatía, la capacidad y la novedad del candidato; o, en el tercero, el rechazo a los defectos y debilidades humanas del postulante versus el activo de su origen social. En este cálculo hay que agregar el potencial de crecimiento de las candidaturas: hay una que ha venido subiendo y otra que baja. Allí la elección es obvia. Más aun si se incorpora el criterio principista del voto democrático. Suerte.
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