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El problema no está en que el modelo económico sea excluyente. No lo es: en los últimos 20 años la pobreza se ha reducido a la mitad y en la última década el empleo adecuado ha pasado de 29,8% a 42,7% y la propia desigualdad ha tendido a reducirse, pues, según el estudio del INEI “Perú: Evolución de los indicadores de empleo e ingresos por departamentos, 2001-2009”, los ingresos han subido proporcionalmente más (93,2%) en el quinto de la población más pobre que en el quinto más rico (50%), lo que coincide con el estudio de la Cepal “Panorama social de América Latina, 2010”, que revela que el índice Gini ha bajado en el Perú de 0,53 en 1997 a 0,47 el 2009.
Hay un mercado interno en expansión y una nueva clase media emergente. La bancarización ha pasado de 22% a 30% del PBI, debido a la expansión del microcrédito: hay más de un millón y medio de nuevos microempresarios prestatarios en los últimos diez años.
Sin embargo, unos mejoran más que otros, la explosión de expectativas no encuentra satisfacción y todavía tenemos un tercio de peruanos pobres para los cuales había soluciones que no se han querido dar. El problema no está en el mecanismo económico, sino en lo político, en lo institucional. En el estilo de gestión presidencial, que se aleja del pueblo y no se solidariza con él, que desprecia el papel de los pequeños en la producción, que abandona la conducción personal de la lucha contra la pobreza y que no defiende al pueblo de la prepotencia de la corrupción.
Se descentralizó todo para desentenderse de responsabilidades. Pero entonces se multiplicaron las canonjías y los pequeños feudos extorsionadores en la educación y en la salud. Y en la justicia y la policía: la seguridad es solo para quienes la pueden pagar, y para el resto clamorosa inoperancia e inseguridad creciente. Y en las licencias municipales: una ventanilla pública puede ser una emboscada y un empleado público un asaltante con poder coactivo. Los alcaldes, con mucha más plata que antes, la reparten en obras a sus amigos mientras nadie fiscaliza porque nadie paga Impuesto Predial y no hay, por lo tanto, ciudadanos contribuyentes. Mientras tanto, las obras se demoran o no se hacen o se hacen mal. El pueblo quiere integrarse, progresar. Necesita ver que hay un compromiso común de las autoridades en esa dirección, que se trabaja con todos y para todos, y con honestidad. Que el Estado, en sus diversos niveles y sectores, no es un botín ni un centro de atracos.
El otro tema es que no hay partidos, lo que convierte al Perú en el reino de la volatilidad política y del personalismo caudillista. Ya es hora de formarlos para darle estabilidad a nuestro desarrollo.
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