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Fernando Fuenzalida
Viernes, 22 de Abril de 2011 00:00
A inicios de los 70 la Facultad de Ciencias Sociales de la Católica era un centro de activismo político. El marxismo era la religión de los sociólogos y el poder absoluto de las asambleas. Había una sola verdad, que se imponía con la maquinaria blindada de la explicación total. En medio de ese ambiente fanático, un profesor llenaba sus clases hasta los pasillos hablando de los griegos, de Platón, Aristóteles y los atomistas para fundamentar el racionalismo y el empirismo del siglo XVI, de Bacon, Locke y Descartes, y luego Kant, para no llegar nunca a Emilio Durkheim, que era el nombre del curso que dictaba.

Era un faro de luz en medio del oscurantismo ideológico. Fernando Fuenzalida fue un maestro enciclopédico y brillante. El intelectual con mayor capacidad que he conocido para trazar la genealogía entre las religiones, las ideas y los hechos de la historia y establecer las relaciones entre todos los órdenes de la realidad y las continuidades profundas, por ejemplo, entre el pasado prehispánico, el Virreinato y la República, o entre las distintas religiones, o entre la Edad Media y el socialismo. Un explorador permanente e intenso de la verdad, hasta en los confines religiosos y místicos. Miembro de la juventud comunista en San Marcos, viajó a estudiar a Europa Oriental y a conocer el paraíso socialista de la Unión Soviética. Profundamente desencantado, migró a Inglaterra, donde se preparó para un doctorado en antropología en la Universidad de Manchester.

Sus libros sobre la matriz colonial de las comunidades campesinas y sobre la comunidad de Huayopampa en la segunda mitad de los sesenta permitieron derribar el mito de la comunidad colectivista y descubrir una alta diversidad de formas de propiedad de la tierra en función de la intensidad tecnológica o de riego. La comunidad era, simplificando, una asociación endogámica de pequeños propietarios que administran ciertas decisiones en común, y la integración al mercado no era contradictoria sino que reforzaba las manifestaciones culturales más ricas. En “Poder, raza y etnia” describió cómo la raza de un hombre es un espejismo que parece variar según su posición en la escala social; lo que faltaba en el Perú, entonces, en buena cuenta, era más desarrollo del mercado interno a fin de disolver las diferencias raciales y el racismo heredado de la Colonia.

Pero más tarde, en sus textos sobre geopolítica y la agonía del Estado-nación, desarrolla un creciente escepticismo y una crítica aguda a las fuerzas de la globalización. Mientras tanto, sus estudios se habían proyectado mucho más allá: “Tierra baldía”, una obra universal, es una fascinante y riquísima descripción de los distintos milenarismos y formas de religiosidad espiritual que llenan el vacío de la secularización en este mundo posmoderno. Pero su exploración no fue solo intelectual. Fue vivencial, comprometida: hacia fines de los setenta fundó una comunidad pentecostal en Cieneguilla donde consiguió recuperar a muchos jóvenes de las garras de la droga. Fuenzalida tocó los límites del conocimiento y los compartió.

Adiós, maestro.

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escrito por HoffmanOlivia25, septiembre 21, 2011
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