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La última encuesta de Apoyo revela que la aprobación del presidente Humala ha subido en los sectores A y B y ha caído en el C y, sobre todo, D. Los sectores medios y altos sienten alivio de que el gobierno va a mantener la política que permitió el alto crecimiento del país, en tanto que los sectores populares aún no perciben mayores cambios, pues los programas redistributivos ofrecidos toman tiempo en ponerse en efecto, la construcción y la manufactura ya no crecen y es posible que el tema Chehade esté dejando la sensación de que el nuevo gobierno es más de lo mismo en el tema de la corrupción.
No obstante, el cambio mayor que la población está esperando, para devolverle su confianza al presidente, no está tampoco en unos programas de repartición de dinero que podrán llenar parcialmente los bolsillos de los pobres pero no su dignidad ni su autoestima, sino un cambio en el estilo de gobierno, que es la razón por la que lo han elegido. Quieren a un presidente más cercano, más identificado, liderando junto con ellos, en el campo, la lucha contra la pobreza, contra la desnutrición, contra la corrupción de los gobiernos locales o regionales. Y contra la falta de agua, también, durante la mayor parte de los meses del año cuando no llueve.
El presidente podría conducir una cruzada en toda la sierra por la construcción de pequeños reservorios en las comunidades desde los cuales se pueda jalar tubos o mangueras para instalar riego por aspersión o por goteo en las chacras, como hace el programa Sierra Productiva. Sería la forma no solo de acumular agua sino de gozar de ella para el riego durante todo el año, multiplicando la productividad para salir de la pobreza en muy poco tiempo y gracias al propio esfuerzo. Y reservorios más grandes en las cabeceras de cuenca –que la propia minería podría construir (oro para que haya agua)– y zanjas de infiltración en las laderas, para contrarrestar los efectos del cambio climático. Si el presidente se dedicara a esto, su popularidad subiría como la espuma.
Y recuperaría el liderazgo nacional que nuestra democracia necesita para restablecer el principio de autoridad y la legitimidad del Estado y para contener la feudalización anárquica en marcha. Solo así la definición de Humala, por “el agua y el oro”, será viable. Lo que hemos dicho no es que esa definición presidencial sea una expresión de que está recuperando el liderazgo nacional, como ha sido malentendido por interpretaciones desaprensivas, sino que la opción por “el agua y el oro” exigirá, para hacerse efectiva, un liderazgo nacional desplegado en las provincias, pues de lo contrario no tendrá credibilidad y no será ejecutable. De eso estamos hablando.
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