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Miércoles, 26 de Enero de 2011 16:18 |
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Si no fuera por la potencia del modelo económico y los crecientes consensos ideológicos que va convocando, la estabilidad de la democracia peruana estaría en peligro. Realmente, el Perú debería ser un caso de estudio: la paradoja de un crecimiento muy alto con una superestructura política pulverizada y una institucionalidad administrativa feudalizada. En las últimas elecciones regionales y municipales los partidos ganaron apenas cinco regiones y menos municipalidades que nunca: apenas el 22% de las municipalidades provinciales, cuando el 2002 habían obtenido el 56% de ellas. Una presencia cada vez menor de los partidos en el territorio y cada vez mayor de movimientos regionales y locales autónomos y desconectados de los partidos nacionales. Lo que significa que los congresistas que sean elegidos este año no tendrán comunidad política con los presidentes ni con los alcaldes de sus regiones, con la consiguiente dificultad para la representación y el procesamiento de demandas.
Lo peor de todo es que los únicos dos partidos políticos que funcionaban como tales –el APRA y el PPC– se han desangrado en batallas internas alejando la posibilidad de esa incorporación de nuevas y jóvenes figuras profesionales que hubiese podido prosperar si Mercedes Aráoz se mantenía como candidata o si la incursión de Daniel Córdova no hubiese abortado, y ahora nada garantiza que logren superar la valla del 5% para ingresar al Congreso y conservar su inscripción. Con ellos desaparecería todo vestigio del sistema de partidos de los 80, aunque quizá les convenga regresar a fojas cero para refundarse desde una convocatoria mucho más amplia. Acción Popular, no obstante, sobrevivirá, pero gracias –otra paradoja– a su desaparición en la lista de Perú Posible. Y todavía está por verse si el fujimorismo y el Partido Nacionalista –dos fuerzas en teoría más vitales– se convertirán en partidos de verdad.
¿Puede una democracia funcionar sin partidos y con un altísimo grado de fragmentación política, alimentado y agravado, a la vez, por una descentralización acelerada y mal hecha? Pues, por lo visto, sí, pero quizá solo en la medida en que la feudalización política resulta contrarrestada por una integración ideológica en una visión común de desarrollo alentada por los éxitos del modelo económico. Esta vez ganaron en las regiones y las municipalidades muchos más empresarios. Las nuevas burguesías están entrando a la política, aunque sea con movimientos propios. Ya casi no hay autoridad regional o local que no proponga vías para articularse al mercado y a la globalización. Es una carrera por la integración. La democracia no se cae porque, como la bicicleta, está en movimiento y, por primera vez, con casi todos corriendo en la misma dirección.
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